Sí, otra vez el Camino de Santiago – Alejo Cano

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Sí, otra vez el Camino de Santiago – Alejo Cano

Sí, otra vez el Camino de Santiago.

Camino inglés

 

¿Otra vez El Camino de Santiago? Esa era la pregunta-exclamación que escuchaba de todo aquel que se enteraba qué iba a hacer en mis vacaciones de 2019.

―¿Por qué no vas a otro lugar? Alemania, Italia, Portugal… ―Era el complemento a aquella pregunta, misma que yo sentía que no tenía que responder, ni mucho menos explicar.

Era mi tercer camino de Santiago de Compostela, no, más bien el cuarto, porque uno de ellos lo hizo por mi vida un ser amado. Él dice que yo fui quien hizo ese camino, quien caminó, y tal vez sí, desde un hospital en Medellín estaba dando paso tras paso a su lado, era 2015 y mi futuro no era claro. Sí, para uno de esos cuatro caminos no tuve que viajar a España. Ahora guardo la credencial y la Compostela de aquel camino como uno de mis más preciados tesoros.

La decisión estaba tomada, iría nuevamente a España a vivir todo aquello que bien sabía que viviría, pero también a dejarme sorprender. Llegué a Ferrol un tres de enero de 2020, después de unas horas de vuelo desde Paris hasta La Coruña y otras tantas en bus desde la Coruña hasta el lugar en donde iniciaría mi camino. Al llegar a Ferrol me encontré con una bella ciudad típica costera con una ría que deslumbra a cualquiera que goza de los paisajes marítimos: barcas, pescadores, un espejo de agua y hasta una sede de la Armada, todo conformaba una hermosa y colorida imagen, difícil de olvidar. Por tratarse de inicio de año era poco lo que se podía hacer allí, incluso en temas de alojamiento, ya que este tradicional lugar en el que inicia el Camino inglés no cuenta con albergue para peregrinos.

―Hola, vengo por mi credencial, iniciaré el Camino, es, mi cuarto camino ―Le dije a la funcionaria encargada de proveer tal documento, necesario tanto para acceder a los albergues como para obtener la Compostela al terminar El Camino.

―Hola, aquí la tienes, son seis euros ―Respondió aquella mujer, con ese bello acento gallego.

―A propósito, en Ferrol no hay albergues, debes buscar un hotel, aunque por estos días no es tan fácil.

Un poco desorientado y acompañado por un mapa y mi mochila, salí de aquella oficina de turismo, ubicada en el centro de la “Praza de España”, el objetivo ahora era buscar un lugar donde reponer fuerzas antes de iniciar. Finalmente, después de horas -no exagero- de buscar un lugar para pasar la noche, lo encontré. Le pedí al recepcionista que me despertara a las 4 a.m., pidiéndole además indicaciones de cómo y dónde iniciar El Camino.

El recepcionista no me tuvo que despertar, el deseo de iniciar, la ansiedad, y también los nervios no me dejaron dormir más que un par de horas. Después de desayunar y verificar el lugar de inicio, emprendí mi Camino Inglés de Santiago de Compostela. Las experiencias anteriores en El Camino portugués y en el Camino francés me habían dejado lecciones importantes, como el peso de la mochila, por ello, llevaba menos que lo justo.

Inició el Camino, mi camino, eran las 5 a.m. y emprendí ruta. Al principio fue difícil debido a que por la oscuridad no era sencillo encontrar las flechas amarillas o los mojones, pero tenía la ayuda de un GPS, ¿la primera meta? Pontedeume a 27 kilómetros de Ferrol. Este tramo trajo consigo bellas rías, espejos de agua que se confundían con el cielo y muchos poblados; aún no llegaba la anhelada soledad que tanto buscaba en El Camino. Pasé por Neda y Fene, lugares con arquitecturas centenarias que no se podían escapar a una foto “por aquí y por allí”. Al llegar a Fene, a eso de las dos de la tarde, me detuve a comer en un restaurante, en el pregunté que por las posibilidades de llegar a Pontedeume antes de que oscureciera:

―Te quedan unas tres horas de luz, si no quieres que te atrape la noche en medio de la montaña, ¡coge camino ya! ―Me informó la mesera, quien ya había hecho este camino y para quien, particularmente, tenía tramos realmente difíciles.

―Hay tramos que te romperán las piernas ­―Me dijo con una sonrisa entre burlona y amigable. ¡Cuánta razón tenía!

―Vete, vete ya ―culminó para seguir atendiendo una mesa en la que un grupo de personas discutía en gallego sobre el gobierno de turno. Algo les entendía, solo algo.

Retomé mi camino, desde aquel restaurante, a la orilla de una autovía, luego, después de un par de kilómetros, llegó la montaña que tanto anhelaba. Me interné en un sendero rodeado de bosques con paisajes de invierno y hojas, muchas hojas secas en el suelo, ¡había llegado la soledad, la esperada soledad! Paré para buscar mi credencial y ver en el mapa cuánto faltaba para llegar a Pontedeume antes de que el sol dejara de acompañarme, la credencial no estaba, la busqué en la mochila, en mis bolsillos, miré por todos lados, me devolví unos cuantos metros, pero nada, la había perdido. Ahí estaba yo, en medio de lo que había soñado vivir, pero sin mi credencial, esto implicaba no tener acceso a los albergues y, finalmente, a la Compostela, el certificado mayor del peregrino. Decidí devolverme, y revisar si la encontraba en el restaurante donde comí, pero estaba cerrado, así que sin pensarlo dos veces tomé un autobús de regreso a Ferrol, volví a la Oficina de Turismo y, al entrar, la mujer que un día antes me había entregado la credencial no pudo ocultar su cara de sorpresa al verme de nuevo. Le conté mi historia, llorando e impotente por lo sucedido. Ella con una amorosa actitud me abrazó y me animó a buscar donde dormir y volver a empezar al día siguiente:

―Toma, te regalo la credencial, no llores, descansa e inicias mañana de nuevo ―me dijo, siempre mirándome a los ojos y con ese hermoso acento gallego que no me canso de halagar.

―¡Cuánto hay de aquí al primer albergue que pueda encontrar? ―Le pregunté aun llorando

―Neda es el más cercano y está a 14 kilómetros ―Me respondió. ―Te tomarías unas tres horas en llegar a buen paso.

―¡Pues voy! ―Le dije, muy decidido.

Empecé a caminar nuevamente lo que ya había caminado en la mañana, hasta llegar a Neda, siempre reprochándome mi torpeza. Eran las siete de la noche cuando llegué al albergue, una casa campestre, en ladrillo, en medio de una gran superficie de pasto. Allí encontré a tres peregrinos que me saludaron en inglés y con los que, de inmediato, congenié. Me invitaron a cenar unas pastas y a tomar cerveza, un acto acogedor recurrente en estos espacios.  Yo, mientras cenábamos, les contaba lo que me había sucedido con la credencial y presumía acerca de las otras ocasiones en las que había hecho El Camino. Mi sorpresa fue grande al enterarme que Guido, de Holanda y Miriam de Italia habían hecho El Camino muchas veces, muchas más que yo. Para Mario, padre de Miriam, era su primera vez.  La noche estuvo llena de historias y una que otra clase de español para Guido, quien estaba muy interesado en mejorar su aprendizaje de mi lengua.

―¿Quieres caminar con nosotros mañana? ―Me dijo Miriam antes de acostarnos.

―¡Por supuesto! ―Respondí sin pensarlo. Aunque mi propósito era continuar solo, era imposible declinara aquella dulce y generosa oferta.

―Iniciamos a las 5 de la mañana, así que ¡a dormir! ―Nos dijo Mario, en italiano, idioma que no hablo, pero que es posible entender, haciendo también una que otra pregunta en inglés, que se convertiría en nuestra lengua en común.

Así fue, nos pusimos en pie antes de las cinco de la madrugada, nos preparamos e iniciamos rumbo a Pontedeume, al menos eso creía. Yo, por supuesto, ya conocía parte de ese tramo, por lo menos hasta Fene, porque por aquello de la pérdida de mi credencial, ya lo había recorrido el día anterior. Con Guido, Mario y Miriam siempre hubo un ambiente familiar, bromas, conversaciones, historias y mucha hermandad. Mario por momentos tomaba el liderazgo del grupo, tenía un estado atlético envidiable para sus 60 años vividos.

Me enteré de que llegábamos a Pontedeume al cruzar un puente de piedra que atravesaba el río Eume en donde había pequeñas embarcaciones y personas practicando deportes acuáticos. Al finalizar el recorrido del puente nos encontramos con una villa costera de arquitectura medieval, en donde buscamos un Café-Bar para comer algo, eran las 10 de la mañana y yo ya estaba muy agotado porque el día anterior había caminado mucho.

―¡Por fin a descansar!, ―Le dije a Guido mientras tomaba un café con unas madalenas.

―No amigo, vamos hasta Betanzos ―Respondió, muy seguro de lo que decía y mirándome fijamente.

―¡Betanzos! No, no puedo, ayer recorrí el doble de camino―Le dije a Guido en voz baja, con un poco de vergüenza porque él estaba radiante y con toda la energía.

―Si puedes amigo ―Me respondió Guido en un tono suave y en voz baja. Él a veces me hablaba en español, otras veces en inglés, pero siempre asegurándose de ser entendido.

Finalmente decidí poner a prueba mi resistencia y continué con el grupo, aunque ya habíamos caminado doce kilómetros desde Neda; Betanzos era la próxima meta. El cansancio se empezó a sentir en los primeros pasos, la mochila de 6 kilos parecía de 20, mis pies empezaban a manifestar aquella terrible y dolorosa sensación de nacientes ampollas y mis rodillas pareciera que me reprochaban la decisión de continuar caminando. Llevábamos unos pocos kilómetros y el grupo se fue diseminando, Mario, Miriam y Guido iban adelante y yo atrás, tratando de llevar su ritmo, pero incapaz de hacerlo, era una lucha perdida con mi cuerpo.

―¡Grande Alejo! ―Se escuchaba, a lo lejos ―Buen camino campeón

 

―Alejo, ¿por qué seguiste? ¡No aprendes! Me hubiera quedado en Pontedeume ―­Me recriminaba a mí mismo, tratando de darme ánimos cada vez que aparecía por ahí la señal de un kilómetro más (o menos).

El grupo siempre fue solidario y cada tanto me esperaban, me daban ánimos y hacían una que otra broma, siempre dándome fuerzas.

―¡Llegamos a Betanzos! ―Escuché que alguien gritó, no sé si Guido o Mario.

―¡Por fin, no puedo más! ―Grité yo también, o al menos eso creía porque seguro, con mi falta de energía, solo fue un murmullo.

Fueron siete duras horas, muy duras, llenas de cuestas, de senderos en piedra y de montañas hermosas pero retadoras, hasta que a eso de las 5 p.m. llegamos a Betanzos, habíamos recorrido 32 kilómetros en un solo día. Me sentía invencible, hasta super humano, ¡cuán equivocado estaba! En el albergue, una antigua pescadería acondicionada con instalaciones modernas para ofrecer todo lo necesario a los agotados peregrinos Miriam, en un gesto de hermandad, me hizo algunos curetajes en las ampollas, que para ese momento cubrían completamente la planta de mi pie izquierdo y parte del derecho, mientras que Guido, quien demostró una envidiable fortaleza durante el tramo, empezó a manifestar malestar en su cuerpo y un poco de fiebre.

Nuevamente, a las cinco de la mañana iniciamos el siguiente tramo: Betanzos-Bruma. Serian treinta kilómetros, que no tenían un buen pronóstico, éramos dos luchadores casi de baja. Guido y yo íbamos a nuestro ritmo, despacio, hablando de la vida, de nuestras vidas, practicando, él español y yo inglés y, juntos tratando de hacerle olvidar al cuerpo que venían momentos duros. En un instante nos miramos y, sin mediar palabra, reconocimos el uno en el otro que necesitábamos parar y tener un momento de descanso bajo un árbol. Así fue, nos quitamos las mochilas, los tenis, las medias y dormimos lo que pareció un día entero y que en realidad fue media hora. Al retomar, nos percatamos que Miriam y Mario no estaban cerca, por lo que les escribimos diciéndoles que se adelantaran y nos esperaran en un famoso lugar cerca a Bruma llamado Casa Avellina, allí comeríamos y continuaríamos juntos hasta Bruma. Mientras avanzaba el día y los kilómetros, las dolencias de Guido y las mías se hacían menos soportables.

―Amigo, no puedo más, continúa tu ―Eso me dijo Guido en un momento en el que su cuerpo se desvaneció y cayó al suelo.

―No, ¡no te dejo! ―Le dije

Miré el mapa, mientras le daba ánimo a Guido, y faltaban cuatro kilómetros para llegar al bar donde nos encontraríamos con nuestros compañeros. Continuamos, lento, muy lento parando cada tanto para tomar un poco de agua y recobrar fuerzas.

―Le voy a escribir a Miriam y a Mario para que no nos esperen, no es justo que se retrasen por nosotros ―Me dijo Guido, jadeando fuertemente.

―Sí, es mejor que sigan su camino y los vemos en el albergue de Bruma ―Respondí

Y así fue, Guido les pidió, a través de un mensaje de texto, que continuaran su camino. En ese momento nos enteramos de que no pasarían la noche en Bruma, la próxima etapa, sino que seguirían una más, hasta Sigüeiro.

Al llegar Guido y yo a Casa Avellina, nos dieron comida y algunas medicinas para mis pies y para la fiebre de Guido. Luego, después de comer un delicioso cocido gallego, continuamos el camino, esta vez distanciados, cada uno a su ritmo, ahora yo llevaba la delantera. El siguiente albergue, Hospital de Bruma, es un lugar un poco tenebroso que le hace honor a su nombre, rodeado de neblina y soledad en medio de un área despoblada con muy pocas casas. El hecho de que fuera un antiguo hospital le daba un matiz de misterio que, para alguien asustadizo como yo, era todo un reto. Al día siguiente, como ya era costumbre, 5 de la madrugada, fui hacia la cama de Guido, quien estaba notablemente deteriorado: pálido, con fiebre y escalofrío. Le dije que me quedaría con él, acompañándolo, pero en un tono dominante, casi ordenándomelo me dijo:

―¡No, tu continúas tu camino, yo llamo una ambulancia!

No había manera de contradecir tal decisión, pareciera que hay cierto pacto o rito no formalizado en El Camino de continuar, pese a las adversidades propias o de otros. Continué sin Guido, Miriam y Mario, a mi ritmo, hablando conmigo, con mi anhelada soledad. A veces me inventaba cosas que me ayudaban a superar los kilómetros de manera menos dura. En momentos me acostumbraba tanto al dolor de las plantas de mis pies, que se convertía en parte de mí, se acoplaba a mi cuerpo. Quedaban poco más de 42 kilómetros para llegar a la anhelada meta, Santiago de Compostela y 26 para la penúltima, Sigüeiro.

 

Todo ese día fue por montaña y solo, tal y como lo quería, como lo necesitaba. Hacía paradas en uno que otro Café-Bar de pequeños poblados y allí me quitaba los tenis para dar un breve alivio a mis pies. Cuando el día estaba llegando a su fin, revisé el mapa y el GPS y noté que faltaban más de cinco kilómetros para llegar a Sigüeiro. El miedo me invadió porque temía que la oscuridad me atrapara allí, en medio de una montaña. La mente empezó a jugar conmigo y, como en otros caminos, recordé hechos que me causaban escalofrío. De inmediato y, como una de aquellas locuras a las que uno apela en esas circunstancias, empecé a hablarle a la Virgen María, algo extraño y nunca antes pensado para mí,  a ella le pedí compañía y fortaleza; el trato era sencillo, ella me acompañaba y yo rezaba el rosario mientras caminaba. Realmente no soy creyente, ni devoto de la virgen, ni mucho menos rezo el rosario, pero como lo dije antes, la mente empieza a hacer de las suyas. Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo…. Así me fui hasta Sigüeiro sin darme cuenta y con la luz del sol acompañándome. Cada Ave María se la dedicaba a alguien, mi padre, mi madre, mis familiares, mis amigos, mi perra, yo.

 

En Sigüeiro no había albergue oficial, pero conocí a los mejores hostaleros que pude tener durante los 102 kilómetros que ya había recorrido, Alicia y Pepe. Ellos me acogieron en su albergue Camiño Real, que no podía tener mejor nombre porque con su atención, cuidados y cariño no solo ayudaron a una notable recuperación de mis dolencias físicas, sino que me brindaron el calor humano tan necesario para todo lo recorrido y vivido, haciéndome sentir “como un rey”. Allí pasé dos noches porque Alicia, gracias a sus estudios de enfermería me trató las ampollas cosiendo unos hilos a través de ellas, cada tanto iba a revisar su evolución. De Pepe y Alicia me despedí, prometiendo regresar.

Ya era 7 de enero e iniciaba el tramo final, aquel que me llevaría hacia la meta, Santiago de Compostela. Salí de Sigüeiro y, cuando me interné en la montaña, volví a hacer aquel extraño trato con la Virgen, yo rezaba y ella me ayudaba y acompañaba. Esos últimos 16 kilómetros fueron muy felices, canté, disfruté del paisaje, de las aves, las ardillas, los caballos y todos los animales que se atravesaban en mi camino. Por ahí vi la imagen en papel de una bruja colgando de un árbol, lo que me produjo un poco de miedo pero que, a paso largo, superé; estaba atravesando el famoso El Bosque Encantado de El Camino Inglés, que me hacía sentir en medio de alguno de los cuentos de Los Hermanos Grimm. No tenía afán por llegar a Santiago, ya todo era más llevadero, 5, 4, 3 kilómetros, pasaron sin novedades y sin dolor, el curetaje de Alicia había servido, y mucho. En un momento, Guido me escribió diciéndome que ya estaba en Santiago y que se dirigía hacia Finisterre “Fin del mundo”, para muchos el fin de El Camino. Allí él se encontraría con Mario y Miriam. Él me invitó a encontrarnos allí, pero mi meta era clara: Santiago de Compostela.

 

Al llegar a Santiago, a la ciudad antigua donde se concentra toda aquella mítica y maravillosa historia del apóstol Santiago y ver a lo lejos una de las torres de la catedral, el sentimiento fue de alegría, mucha alegría y a la vez no podía parar de llorar. Anduve lo más rápido que pude para llegar a la Catedral, encontrándome de paso con aquellas rúas de piedra, calles angostas y edificaciones antiguas.

Por fin, la Plaza del Obradoiro y al fondo la Catedral de Santiago de Compostela. Había pocos peregrinos por allí, ¡claro!, era invierno. Solté mi mochila y me postré frente a esa bella edificación que se convertía en la meta soñada, en la materialización de mi felicidad, de cada kilómetro caminado, de cada ampolla, de un año más para agradecerle a la vida el poder caminar por mi propia cuenta, contra todas las adversidades.

Me despedí de la plaza, me despedí de la catedral, me despedí de Santiago no sin antes prometerles regresar una y otra vez, hasta que mis fuerzas y la vida misma me lo permitan. Me voy, pero regreso, descubriré nuevos caminos, nuevos retos nuevas soledades y nuevas formas de vivir la vida, porque el camino es la vida misma.

Ahora tengo en mi casa cuatro compostelas y cuatro credenciales, símbolos no solo de cientos de kilómetros, símbolos de mi propia vida y mi propio camino, símbolo de mi manera de honrar la vida, honrar el estar vivo.

 

*En 2015 tuve una parálisis general en el lado izquierdo de mi cuerpo y el pronóstico era que no volvería a caminar, incluso con peligro de muerte. Después de que alguien hizo El Camino Inglés por mí y por mi recuperación, y después de caminar por mis propios medios y recuperarme totalmente decidí hacer el camino cuantas veces lo pudiera para honrar la vida*

 

Alejandro Cano Arboleda

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